Essay #4 in the Data and Pandemic Politics series on data justice and COVID-19

Editors’ Note: The pandemic’s effects have differed along the lines of income level, gender, race and ethnicity, and access to opportunity, among many other divides. In this post, Claudio Celis Bueno uses the framing of labour and capital to ask us to consider how technology in the pandemic both reproduces and intensifies established forms of exploitation, and how unregulated practices in the technology economy lead to unsustainable ways of employing labour on the part of both firms and households.

The editors would like to thank Rafael Evangelista and Rodrigo Jose Firmino of the Latin American Network of Surveillance, Technology and Society Studies (LAVITS) for curating essays from Latin America and Brenda Espinosa Apráez of the Tilburg Law School for reviewing and co-editing the Spanish language version. Translation into the English language by Linnet Taylor.

English translation follows Spanish text.

La actual crisis sanitaria desencadenada por el virus COVID-19 se levanta sobre una crisis social anterior cuya característica central es la tendencia a la precarización de la vida. La principal causa de esta crisis social es el conflicto entre capital y trabajo, conflicto que ha sido intensificado en el escenario actual por el encuentro entre tecnologías digitales y las restricciones impuestas como respuesta a la pandemia COVID-19. Desde esta perspectiva, muchos de los efectos sociales generados por la pandemia deben ser en realidad entendidos como resultado de una aceleración de tendencias que son inherentes al modo de producción capitalista y que se venían manifestando de manera gradual desde hace ya algunas décadas. El objetivo de este breve texto es delinear algunas conexiones entre pandemia, tecnología y trabajo a través de tres experiencias concretas que se han manifestado durante los últimos meses: la cuestión del llamado “Zoom fatigue” [fatiga Zoom], la relación entre teletrabajo y trabajo doméstico, y el boom de los “Delivery Apps” [aplicaciones de despacho a domicilio].

Antes, sin embargo, quisiera enunciar dos reflexiones de carácter general. Por un lado, el análisis de la relación entre tecnología, trabajo y pandemia implica una pregunta más general acerca de la dimensión política de la técnica: ¿las herramientas digitales son aparatos neutrales cuya dimensión política está determinada estrictamente por el uso social que se haga de ellas?, o, por el contrario, ¿cargan estas tecnologías con un carácter normativo intrínseco que determina de antemano su dimensión política o ideológica? Claramente no tendremos el espacio aquí para explorar –ni menos resolver– esta cuestión. De todos modos, es importante que estas preguntas se mantengan en el horizonte cada vez que uno quiera analizar el conflicto entre capital y trabajo. Por otro lado, la cuestión de la precarización de la vida referida más arriba debe ser pensada como una tendencia global del modo de producción capitalista que se manifiesta en múltiples dimensiones de lo social (trabajo, familia, medioambiente, vejez, género, raza, salud, educación, etc.). La precariedad se está transformando en la “nueva norma”. En este sentido, los tres ejemplos que se mencionarán a continuación, si bien refieren al contexto local latinoamericano (y en particular al contexto chileno), funcionan también como tendencia global del capitalismo contemporáneo. Aun así, es importante enfatizar que será precisamente en los espacios más periféricos donde esta precarización se presentará con mayor intensidad.

“Zoom fatigue”

Uno de los fenómenos más llamativos de la pandemia ha sido la rapidez con la que se ha implementado el teletrabajo. En el contexto chileno, a las pocas semanas de iniciadas las medidas de confinamiento se estimaba que entre un 87% y un 95% de las empresas había adoptado algún tipo de modalidad de “trabajo a distancia”. En este contexto de implementación del teletrabajo como consecuencia de la pandemia COVID-19, algunos estudios han mostrado que un 62% de los trabajadores declara haber experimentado un aumento de la carga laboral con esta nueva modalidad, un 79% declara un aumento de las horas semanales dedicadas al trabajo, y un 70% reconoce que ha sufrido alguna forma de estrés laboral. En el marco de esta nueva realidad, se comenzó a hablar rápidamente del “Zoom fatigue” [literalmente fatiga Zoom]: un nuevo estado de cansancio permanente generado por la cantidad de horas diarias frente a la pantalla. Múltiples dispositivos (computador, teléfono, tablet, televisor, etc.), múltiples plataformas (Zoom, Skype, Teams, Google Meet, Facebook, etc.), y múltiples usos (trabajo, educación, salud, trámites, reuniones familiares y sociales, entretenimiento, etc.). El resultado: un estado de agotamiento permanente, dificultades para concentrarse, dolor de cabeza, insomnio, etc. Las explicaciones a este fenómeno no demoraron en llegar. Las causas: exposición a la pantalla, exceso de información, falta de movimiento, falta de pausas, falta de un espacio de trabajo adecuado, “multi-tasking”, etc.

Sin embargo, poco se ha dicho en estos meses sobre cómo el agotamiento laboral era una tendencia real anterior al teletrabajo y a la pandemia COVID-19. El agotamiento de los cuerpos humanos no es asunto exclusivo del teletrabajo, sino el resultado de una tendencia intrínseca del capital que busca acelerar la producción para así contrarrestar la baja de la tasa de ganancia. La tecnología es puesta al servicio del capital con el objetivo de acelerar la producción de plusvalía relativa. Ya en 1936 Chaplin había puesto en escena de manera magistral esta característica esencial del capitalismo industrial en la famosa secuencia inicial de Tiempos Modernos. Al mismo tiempo, sin embargo, la implementación tecnológica expulsa al trabajo humano de la esfera productiva y con ello disminuye la masa global de valor generada por el sistema. La paradoja es que trabajamos más, al límite del agotamiento físico y mental, y al mismo tiempo aumentan la precarización, la exclusión y la tendencia a la crisis económica y social.

La normalización del agotamiento laboral precede al fenómeno actual del teletrabajo. Este último solo intensifica dicha tendencia a través de la implementación de tecnologías digitales. Esto se manifiesta de manera evidente en la borradura del límite entre tiempo/espacio de trabajo y tiempo/espacio de no-trabajo. En el análisis clásico de la plusvalía, este límite resulta clave ya que permite medir la tasa de explotación del trabajador. El problema es que en el capitalismo contemporáneo este límite pierde nitidez, expandiendo con ello la subsunción de la vida al capital. Como respuesta, Antonio Negri y Michael Hardt propusieron ya en la década de 1990 la categoría de “fábrica social”: al borrarse el límite entre tiempo/espacio de trabajo y tiempo/espacio de no-trabajo, la fábrica se expande hacia la totalidad social y toda actividad humana se torna susceptible de ser reinterpretada en tanto trabajo productivo. Desde esta perspectiva, el teletrabajo no implica una ruptura o novedad radical. Es simplemente la intensificación de una tendencia en la cual la tecnología es puesta al servicio de la subsunción de la vida al capital.

Teletrabajo y trabajo doméstico

Un segundo ejemplo lo encontramos en la dificultad que muchas personas han enfrentado en los últimos meses para compatibilizar el teletrabajo con el trabajo doméstico. Esto surge como consecuencia de lo indicado más arriba: la borradura entre el espacio del trabajo y el espacio privado del hogar. De este modo, las tareas domésticas de cuidado, limpieza y cocina se superponen a las impuestas por el trabajo remunerado. Todo esto no puede sino agudizar la situación de agotamiento permanente a la que aludíamos en la sección anterior. Ahora bien, la desigualdad de género que caracteriza la división de las tareas domésticas implica que hombres y mujeres no padezcan este agotamiento de igual manera. En el caso chileno, un estudio de la Mutual de Seguridad y Cadem ha mostrado que un 92% de las mujeres cree que existe una “desigualdad en la distribución de tareas del hogar y de cuidado de hijas e hijos” que impacta negativamente en el teletrabajo.

Es importante recordar que desde hace más de medio siglo autoras feministas han venido denunciando no solo la desigualdad en la distribución de las tareas del hogar, sino también cómo esta desigualdad genera una superposición entre trabajo doméstico y trabajo remunerado que deben enfrentar todas aquellas mujeres que cumplen la doble función de “trabajadoras asalariadas” y “dueñas de casa”. Más aún, autoras como Silvia Federici han enfatizado que aun cuando las tareas domésticas cumplen una función económica fundamental para la reproducción del régimen capitalista (producción y reproducción de la fuerza de trabajo), estas no son remuneradas ni reconocidas como tales, contribuyendo de este modo a mantener una determinada jerarquía de género al interior de la estructura social. El cuidado es presentado como una tarea afectiva separada del mundo del trabajo y de la explotación capitalista, ocultando así su función para la reproducción tanto del régimen capitalista como del régimen patriarcal.

Una vez más, la precarización de la vida se revela como anterior a la crisis sanitaria COVID-19. Esta última sólo intensifica la precarización. Junto con esta intensificación, sin embargo, la pandemia (a través del cierre de escuelas y del surgimiento del teletrabajo y la teledocencia) ha permitido visibilizar la compleja red de tareas domésticas, afectivas y de cuidado que sostiene al régimen capitalista y que permanece no reconocida y no remunerada. Ante esto, algunos movimientos feministas han llamado a las y los teletrabajadores a no intentar ocultar las condiciones reales de desarrollo de sus tareas laborales actuales, sino, por el contrario, a utilizar la pantalla como herramienta para mostrar ese espacio invisibilizado por la estructura patriarcal del trabajo asalariado. La interrupción del espacio doméstico en el espacio laboral no debe ser reprimida, sino, por el contrario, utilizada como arma de denuncia y visibilización de un modo de producción que la oculta detrás del “patriarcado del salario”. La tecnología aparece, así, como un arma de doble filo: por un lado, intensifica la subsunción de la vida al capital; por el otro, ofrece un medio de interrupción y visibilización de las estructuras precarias detrás de dicha subsunción.

Delivery apps

Un tercer ejemplo a considerar en la relación pandemia, tecnología y trabajo es el boom que las aplicaciones de “delivery” [despacho a domicilio] han tenido durante estos meses. Según un reportaje de El Mercurio, la planta de “socios repartidores” de estas aplicaciones ha aumentado en un 60% durante este 2020 en Chile. La explicación más obvia es la siguiente: ante las restricciones impuestas por la pandemia, estas aplicaciones ofrecen una alternativa práctica, segura y accesible de compra. Este aumento de demanda atraería un natural aumento de la planta de “socios repartidores”. Al igual que en los dos ejemplos anteriores, sin embargo, la primera explicación oculta una realidad concreta de desigualdad y precarización que surge como resultado del conflicto entre capital y trabajo. En este sentido, el aumento de la demanda de los servicios de despacho a domicilio va acompañado por un aumento en la oferta de individuos obligados a vender su fuerza de trabajo a través de estas aplicaciones. Nuevamente, es posible sostener que la precarización de los trabajadores de estas aplicaciones es anterior a la crisis sanitaria actual.

El argumento de la ideología liberal es que en el capitalismo todo sujeto es libre de aceptar o no las condiciones bajo las cuales vende su fuerza de trabajo. Ante esto, es importante realizar dos precisiones. En primer lugar, es importante recordar aquello que Moishe Postone define como los mecanismos de “dominación abstracta” del capital. En un contexto histórico y social que ha transformado el trabajo abstracto en el único modo de subsistencia, la supuesta libertad del trabajador queda restringida a las imposiciones que las leyes de oferta y demanda del mercado laboral le imponen. Esto implica que en un contexto de elevado desempleo e incertidumbre como el generado por la pandemia COVID-19, el margen de posibilidades de los trabajadores se restringe y la dominación abstracta del capital sobre la fuerza de trabajo se intensifica. Según Marco Kremerman, de la Fundación SOL, el hecho de que el 70% de los trabajadores en Chile gane menos de USD 700 al mes genera una alta vulnerabilidad ante cualquier crisis que ponga en riesgo dicho ingreso. Ante esto, las plataformas de despacho a domicilio aparecen como una posibilidad accesible, aunque precaria, de sobrevivencia.

En segundo lugar, es fundamental considerar que, en términos ideológicos, las “delivery apps” no consideran a sus usuarios como “trabajadores” sino como “socios repartidores”, ocultando con ello las relaciones de explotación sobre las cuales está fundado su modelo de negocio. Las aplicaciones se presentan como meras “plataformas”, como un espacio neutral que permite el intercambio transparente entre un vendedor y un comprador. Esto tiene implicancias muy concretas de precarización: al no presentarse como empleador, la plataforma no tiene ninguna obligación legal respecto de la seguridad del trabajador de “delivery.” Como demuestra la investigación realizada por CIPER Chile, el auge de las “delivery apps” durante la pandemia COVID-19 en Chile ha estado acompañado de una precarización muy intensa de las condiciones laborales de sus trabajadores, en muchos casos sin acceso a baños ni a elementos de protección.

Ahora bien, en contra del discurso ideológico liberal, es posible leer las plataformas de la “gig-economy” como ejemplo de un modelo de negocios que ha logrado reducir al máximo el costo fijo de sus operaciones, activando dicho costo solo en el momento en el cual una mercancía es solicitada por el consumidor. Como sugiere Nick Srnicek en su libro Capitalismo de plataformas, estas aplicaciones pueden considerarse como “lean platforms”, es decir, como empresas que han conseguido eliminar de su flujo toda la carga del costo fijo. Para este autor, estas plataformas consiguen el sueño del capital: poner la tecnología al servicio de la producción de plusvalía sólo en el momento en el que una mercancía es consumida. Cada vez que ordenamos un producto por una aplicación de “delivery,” el capital se activa y compra la fuerza de trabajo necesaria para la producción de plusvalía, la cual es completamente desactivada una vez que la transacción ha sido realizada. Una vez más, la tecnología es puesta en función de la producción de plusvalía, generando con ello un alto grado de precarización.

Conclusión

En estos tres ejemplos, la reflexión sobre las consecuencias sociales de la pandemia COVID-19 en el contexto chileno no puede quedar ajena a una reflexión más profunda y global sobre el conflicto capital-trabajo en la sociedad contemporánea. Más aún, es fundamental considerar el rol que las tecnologías digitales están jugando al interior de este conflicto. Esto implica considerar tanto las formas en las que estas tecnologías son puestas al servicio del capital (y traen por ende como efecto la precarización de la vida), como aquellos espacios en los que pueden funcionar como herramienta de interrupción y disputa política.

Claudio Celis Bueno es académico del Instituto de Humanidades de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (Chile). Es Doctor en Teoría Crítica de la Universidad de Cardiff (Reino Unido). Ha realizado investigaciones postdoctorales en Chile y el Reino Unido sobre la relación entre tecnología, medios y sociedad. Es autor del libro The Attention Economy: Labour, Time and Power in Cognitive Capitalism.


The pandemic, technology and work

The current public health crisis set in motion by the COVID-19 virus comes on top of an existing societal crisis whose central feature is the trend toward precarity. The principal cause of this societal crisis is a conflict between capitalism and labour, a conflict which has been intensified in the current environment by the intersection of digital technologies and the restrictions imposed in response to COVID-19. From this perspective, many of the pandemic’s societal effects should actually be understood as results of the acceleration of a trend that is inherent to capitalist modes of production and which have been surfacing incrementally over the last decades. The aim of this brief post is to make connections between the pandemic, technology, and labour through three particular phenomena that have surfaced over the last months: Zoom fatigue, the relation between remote working and domestic work, and the boom in delivery apps.

First, however, I would like to offer two reflections on the general level. On the one hand, an analysis of the relations between technology, labour and the pandemic raises a more general question about the political aspects of technology: are digital tools neutral ones whose political dimension is determined only by our use of them? Or, alternatively, do these technologies have intrinsically normative characteristics which predetermine their political or ideological natures? I lack the space to explore this question here, let alone to resolve it. Nevertheless, it is important to keep these questions in sight when analysing conflicts between capitalism and labour. On the other hand, the question of increasing precarity mentioned above must be seen as a global trend in the capitalist mode of production which manifests in different dimensions of social life (work, family, environment, ageing, gender, race, health, education, etc.). This precarity is becoming ‘the new normal’. In this sense, the three examples I will discuss here, although they refer to the local Latin American (specifically Chilean) context, also demonstrate a global trend in contemporary capitalism. Even so, it is important to remember that it is precisely in peripheral locations that this precarity is most clearly visible.

Zoom fatigue

One of the most prominent features of the pandemic has been the speed with which remote working became the norm. In Chile, a few weeks after restrictive measures were imposed, it is estimated that between 87 and 95% of companies had adopted some type of distance working. In the context of the implementation of remote working due to the COVID-19 pandemic, studies have shown that 62% of workers report having experienced an increase in their workload due to this new mode of working, with 79% reporting an increase in weekly hours worked, and 70% admitting that they have suffered some form of work stress. It has become normal to speak of ‘Zoom fatigue’: a new state of continual tiredness caused by the amount of hours spent daily in front of a screen. Different devices (computer, phone, tablet, television, etc.), different platforms (Zoom, Skype, Teams, Google Meet, Facebook, etc.) and multiple uses of these (work, education, health, negotiations, family and social meetings, entertainment, etc.). The result: a permanent overload, difficulty concentrating, headaches, insomnia, etc. It did not take long to explain this phenomena: it was caused by screen time, information overload, lack of exercise, lack of breaks, lack of an adequate workspace, multi-tasking, and other factors.

Despite this, little has been said during these months about how work overload was a real trend before the COVID-19 pandemic. The overload on human bodies is not just a feature of remote work, but an intrinsic propensity of capitalism which continually seeks to increase production as a way of countering decreasing profits. Technology is used by capitalism to increase the production of surplus value. Back in 1936 Chaplin acted out this essential characteristic of industrial capitalism in classic cinematic form in the famous opening sequence of Modern Times. Despite this, however, the rise of technology pushes human labour out of the productive sphere and in doing so, reduces the overall value generated by the system. Paradoxically we work more, to the limit of our physical and mental capacity, and at the same time precarity, exclusion and economic and social crises increase.

The normalisation of work overload preceded the shift to remote working, with the latter only intensifying the trend through the move to digital technologies. This is illustrated by the spatial and temporal erosion of the work/non-work divide. In the classical analysis of surplus value, this division is key because it makes it possible to measure the extent to which labour is being exploited. The problem is that in contemporary capitalism, the division is becoming blurred, and life is consequently becoming subsumed by capitalism. In response, Antonio Negri and Michael Hardt proposed in the 1990s the idea of ‘social production’: by blurring the work/non-work divide in both spatial and temporal terms, production expands to encompass the social and all human activity becomes subject to reinterpretation as productive labour. From this perspective, remote working is not a rupture or radical novelty but simply the intensification of a trend where technology aids the assimilation of life into capitalist activity.

Remote working and domestic work

We can see a second example in the difficulty many people have had over the last months in reconciling remote work with domestic work. This occurs due to the situation analysed above: the blurring of work and private domestic space. In this dynamic, domestic care, cleaning and cooking are heaped on top of paid work. This only worsens the permanent overload described above. The gender inequalities which influence the allocation of household tasks mean that men and women do not experience this overload in the same way. In the case of Chile, a study by insurance firm Mutual de Seguridad and polling firm Cadem shows that 92% of women believe there is ‘inequality in the distribution of household tasks and in the care of children’ which impacts negatively on their ability to work remotely.

It is important to remember that for more than half a century feminist writers have criticised not only inequality in the distribution of household tasks but the way in which that inequality generates an interaction between domestic and paid work that affects all women who are undertaking the dual function of ‘salaried workers’ and ‘housewives’. Moreover, authors such as Silvia Federici have stressed that even though domestic work is a fundamental economic necessity for the reproduction of the capitalist regime (i.e. production and reproduction of the labour force), these are neither recognised nor remunerated as such, contributing to the maintenance of a gendered hierarchy within the social structure. Care is seen as affective work separated from the world of work and capitalist production, thus hiding its function in the reproduction of both the capitalist and patriarchal regimes.

Similarly, this form of precarisation was present before the COVID-19 public health crisis and the latter only intensified it. Along with this intensification, however, the pandemic (due to the closing of schools and the rise of remote working and education) has made visible the complex network of domestic, affective and care work which underpins the capitalist regime and which remains unrecognised and unremunerated. In response, feminist movements have called on remote workers not to try to hide the real conditions under which distance labour happens, but instead to use the screen as a way to show how this invisibilised space is part of the patriarchal regime of unpaid work. The overlapping of domestic and work space should not be suppressed but instead used as a way to visibilise and resist a mode of production that hides it behind the ‘salary patriarchy’. Technology becomes a double-edged sword: it intensifies the absorption of life by capitalism, but it also offers a way to disrupt and visibilise the structures of precarity underlying this absorption.

Delivery apps

A third example to consider in the relationship between the pandemic, technology and work is the boom in home delivery applications over the last months. According to the newspaper El Mercurio, the ‘sharing partners’ related to these apps have grown by 60% over 2020 in Chile. The most obvious explanation is that pandemic-related restrictions offer a practical, secure and accessible alternative to going shopping. This rise in demand has led to a consequent increase in the self-employed delivery workforce. Just as with the previous examples, however, the first explanation hides the underlying reality of inequality and precarisation which increases as a result of the conflict between capital and labour. In this sense, the increase in demand for home-delivery services comes with an increase in the number of people forced to sell their labour through these platforms. Again, we can see that the precarisation of gig economy workers predates the public health crisis.

The liberal position argues that in capitalist systems anyone is free to accept or reject given conditions for selling their labour. However, it is important to qualify this in two ways. First, we should remember what Moishe Postone defines as mechanisms of ‘abstract domination’ by capital. Given that historical and social context has transformed abstract labour into the only mode of subsistence, the supposed freedom of the worker remains bounded by the laws of supply and demand. This implies that in a context of increased unemployment and uncertainty of the kind generated by COVID-19, the margin of possibility for workers is restricted and abstract domination of the workforce by capital is intensified. According to Marco Kremerman of Fundacion SOL, the fact that 70% of workers in Chile make less than USD 700 monthly generates a high level of vulnerability to any crisis that affects income. In this situation, home delivery platforms come to look like an accessible, if precarious, means of survival.

Secondly, there is the fundamental point that, in ideological terms, delivery apps do not consider their users as workers but as ‘sharing partners’, hiding the relations of exploitation that form the basis for their business model. These applications present themselves as only platforms, a neutral space which permits transparent interchange between buyers and sellers. This has very real implications for precarisation: by not presenting themselves as employers, platforms have no legal obligation to the security of their delivery workers. As CIPER Chile’s investigation shows, the peak demand for delivery apps during the COVID-19 pandemic in Chile has been accompanied by an intense precarisation of working conditions for their workers, who in many cases lack access to bathroom facilities and protective equipment.

However, in contrast to the liberal ideological discourse, it is possible to read gig economy platforms as an example of a business model that has succeeded in minimising fixed operating costs as far as possible, permitting such costs only at the moment where the merchandise is ordered by the customer. As Nick Srnicek suggests in his book Platform Capitalism, these apps can be considered ‘lean platforms’, firms which have managed to eliminate the entire burden of fixed costs from their cash flow. For this author, these platforms have achieved the capitalist dream: using technology to extract only surplus value at the point of consumption. Every time we order a product for delivery, capital springs into action and enlists the labour necessary to produce surplus value, completely deactivating it as soon as the transaction is complete. Once more, technology serves the production of surplus value, while generating extreme precarity.

Conclusion

In these three examples, reflections on the social consequences of the COVID-19 pandemic in Chile cannot be divorced from deeper and broader considerations of the conflict between capital and labour in contemporary society. Moreover, we have to consider the role digital technologies are playing at the heart of this conflict. This implies thinking not only of the forms in which these technologies are being used by capital (and bringing with them the effect of precarisation of life), but also of the spaces which could function as a tool for disruption and political contestation.

Claudio Celis Bueno is an academic at the Institute of Humanities of the Academia de Humanismo Cristiano University (Chile). He is a Doctor of Critical Theory (Cardiff University, UK). He has conducted postdoctoral research in Chile and the United Kingdom on the relationship between technology, media and society. He is the author of The Attention Economy: Labor, Time and Power in Cognitive Capitalism.


Suggested citation: Celis Bueno, C. (2020, December 1). Pandemia, tecnología y trabajo. Data and Pandemic Politics, 4. https://doi.org/10.26116/datajustice-covid-19.004